Un pedido
Queridos amigos, me gustaría que leyeran el texto "Tiempo de atención". Es un libro que tiene tres capítulos: 1- la cuetión personal 2- Los lugares de atención 3- Las estrategias de inserción profesional Aquí es donde le doyu importancia al tema de la cuestión personal, y una cuestión importante que es la pregunta que constituye la entrada al ser un recien recibido: Que voy a hacer ahora cuando me reciba? Les dejo el link para que puedan ver el libro en internet. http://www.martinsmud.com.ar/uploads/books/Tiempo_de_atencion.pdf
domingo, 2 de septiembre de 2012
FRAGMENTO "EN GUARDIA"
SUPOSICIÓN DE PACIENTES.
Estaba al final de carrera y no había tenido la posibilidad de tener una experiencia directa con pacientes. Me habían contado casos en los cuales me fascinaba las posibilidades de desciframiento en la lectura clínica. Me había resultado hasta divertido encontrar indicadores para sostener una hipótesis clínica, pero estar frente a la presencia de un paciente, era otra cosa. ¿Qué decirle? ¿Cuándo? ¿Cómo mirarlo a la cara? ¿Cómo leer el caso clínico estando uno mismo incluído en el campo a investigar? ¿Los indicadores no estarían cegados por mi puntuación arbitraria y subjetiva? Me preguntaba como maniobrar con la transferencia y como llevar adelante la dirección de la cura. Y también cosas más terrenales, ¿cómo hacer para mirar en el reloj el tiempo pasado desde que se puso a hablar, o cómo cobrarle sesión por sesión un honorario establecido más allá que no haya hablado o haya venido?
Tenía muchas dudas. Tenía que ver pacientes, pero por el momento, no era factible, de cualquier manera, quería ver pacientes y los iba a ver. Al principio, sin darme cuenta, luego compulsivamente comencé a suponer como paciente a cualquiera que se me acercara. Sé que no era al único que pasaba esto, cuando iba a estudiar en grupo, algunos empezaban a interpretarse mutuamente, las interpretaciones graciosamente iban y venían y hasta alguno, en general de sexo femenino se ponía a llorar. Era común el considerar como pacientes a compañeros de comisión, no obstante a mí eso nunca me pasó, lo que me pasó fue diferente, comencé a suponer como pacientes a gente aún más familiar. Recuerdo ese fin de semana, donde un sábado a la noche, de una frase escuchada por mi novia, construí la escena primaria siguiendo la odisea freudiana en el caso del Hombre de los Lobos, y como aquel domingo a la mañana interpreté las tendencias homosexuales y paranoicas de un amigo que llegaba a casa, y como esa misma tarde, aprehendí psicoanalíticamente la frase de truco "por el río Paraná, viene caminando un piojo con un hachazo en el ojo".
“HACER PSICOANÁLSIS DE UN TEXTO RIDÍCULO”.
Texto escrito en marzo de 1993.
Un estudiante, a punto de recibirse. Un recorrido que tiene historia, una marca que quizás ya esté en el cuerpo, alguna forma especial de mirar, de comportarse, de escuchar.
-"Estudio psicología"-.
-"Ah... Ahora entiendo porque sos así"-.
-"¿Cómo soy?"-
Un estudiante a punto de decidirse a recibirse en una facultad pública. Una encrucijada biográfica, y la apertura a un campo de trabajo.
Me interesaba el psicoanálisis, el saber-hacer de analista, pero tenía una pregunta: ¿cómo es el saber-hacer de analista?, ¿cuáles son los requisitos mínimos, o al menos esenciales? ¿El saber-hacer psicoanalítico merece una especialización? Por ejemplo, fulano de tal, especialista en psicoanálisis. ¿Merece una especificación? Psicólogo psicoanalista, freudiano, lacaniano, etc... etc... Si merece una especialización y una especificación: ¿qué nos da la facultad? Nos dicen que, al menos, nos han hablado de psicoanálisis, nos han mostrado sus casos, y hemos estudiado a los maestros. Pero luego agregan que, la clínica es caso a caso y rematan que toda construcción y/o interpretación tiene efectos solo mensurables en la clínica. Le pregunto a un docente, un tanto alterado: -“¿qué es entonces, la clínica psicoanalítica?”-
Dice: -"Un saber determinado por la experiencia analítica, y esta solo puede ser el saber de la transferencia. La clínica es antitética del discurso que intenta aprehenderla, porque el saber se desprende de la experiencia, el saber es una operación que nace del movimiento del análisis"-. El docente no para de hablar del tema, parece querer remarcar con tono enfático que lo esencial queda por fuera de nuestro aprendizaje. Lo miro con angustia, parece entender mi cara y agrega que lo que sí nos han enseñado es una forma especial de escuchar. UNA ESCUCHA PSICOANALITICA.
Muchos respiramos aliviados, era posible un poco de transmisión. Me predispongo a escuchar psicoanalíticamente. Si el saber acerca del manejo de transferencia me queda vedado, me debo ejercitar en la escucha analítica.
Una compañera le cuenta a otra, que por fin se decidió y se va a casar dentro de 5 meses, dice que va a ser esposa.
ESPOSA.
-"Fulano de tal, acepta por esposa a la gran causa del psicoanálisis, en las buenas y en las malas, en el amor como en la adversidad..."-.
-"Si, me autorizo"-. No caí en la trampa del Otro, porque si el Otro no es intachable, ¿a quién le voy a jurar? El psicoanálisis es mi esposa. Mi esposa, repito, esposa, quedo encadenado a los 24 tomos de Amorrortu, y a los no sé cuantos seminarios de Lacan. Pues, bien ¿cuándo la llevo a la cama? ¿Cómo hacerlo? ¿Debo realizar el "coitus a tergo" de los padres del Hombre de los Lobos, o quizás el cunnilingus de la Sra. K al padre de Dora, o quizás el tormento de las ratas?
Esposa. Significante. Un significante no significa nada sino en relación a otros significantes.
NOVIA.
La novia habla un sábado a la noche. ¿Cómo no escuchar la escena primaria?
Dice: -"Fue antes de nacer mi hermana, yo empecé a tener problemas con el agua. En las piscinas me asustaba, y pensaba si podría detener la respiración. Siempre decía la respiración: no lo puedo creer"-. Novia deja de hablar y sale corriendo, ha visto una mariposa de llamativos colores.
Construcción de la escena primaria:
Novia está junto a la madre, seguramente su madre se encuentra lista para irse a bañar. La madre se ofrece para que novia escuche los latidos de la hermanita aún no nacida. Pone la oreja en la panza materna y escucha. La cabeza está ladeada hacia la parte que le permite ver el genital femenino. Novia dice: " la respiración... no lo puedo creer". Tenemos la separación en la escena primaria en algo que se escucha: la respiración, con carácter de pulsación, de latido, y algo que se ve, lo cual se querría desestimar. El contenido de la escena pareciera ser la castración materna y la competencia por el nacimiento de la hermana. La frase: "no lo puedo creer" remite tanto al anhelo de su madre de tener otro hijo, como también la no creencia de que su madre no la tenga. No tenga el falo y no la tenga a ella sola. El deseo de detener la respiración es el deseo de muerte en relación a esa hermana, y a la madre. Se constituye una fobia a las mariposas. Mari, iniciales de mariposa, coincide con parte del nombre del ser naciente. Novia posa su oreja en un instante que tendrá efectos en su vida, guiando la posición subjetiva del sujeto.
Estaba tan contento por mi primer construcción de una escena primaria que se la comento, novia ahora escucha y no lo puede creer. Esa construcción no era sin consecuencias. Pero mi novia no era de grandes debates, prefería la acción, me dijo que me había aguantado demasiado, que se había sacrificado demasiado, y que de una frase escuchada un sábado a la noche...¿construir la escena primaria?, era demasiado, y que además del final de carrera, este era el final de pareja, en un abrir y cerrar de ojos, novia era ex-novia. Yo le trataba de explicar que era una deformación profesional, o una futura deformación profesional, o una predeformación profesional, le quería explicar que estaba leyendo la construcción de la escena primaria por Freud en el Hombre de los Lobos y que me había fascinado con la imagen de los lobos mirándolo más allá del marco de la ventana, al pobre niño que soñaba. Me había impresionado esa construcción que databa de su año y medio de vida, se trataba del "coitus a tergo" de los padres, vista desde la cunita por el niño que como demostración de excitación sexual, como mensaje, o como rebeldía, deja una marca de excitación en las sábanas.
El suponer pacientes en gente cercana no era lo más conveniente, algunos cuando se los conté, me dijeron que se me había ido la mano, que tenía un error conceptual, la frase: “no lo puedo creer” era una frase dicha por la voz materna, y hecha carne por la hija. Y que ese error explicaba que novia fue, era mi equivocación y mi culpa. Al rato, escuchaba un timbre en la puerta. Era un amigo de visita.
AMIGO.
Llega borracho después de haberse peleado con su pareja a trompadas, viene lleno de sangre con un trofeo: la camiseta llena de la sangre de ella y unida también a su sangre. A la noche, deja una marca en las sábanas, se orina en la cama igual que el Hombre de los Lobos al ver su escena primordial. A la mañana, no le pido explicaciones, pero él habla, y cuenta que hace meses que la venía persiguiendo, iba de noche a ver si estaba con otro, iba en coche detrás del colectivo que tomaba desde el trabajo, esperaba verla con otro. Agrega que todos en la calle se la cogen con la mirada. El le insiste a ella para que le confiese su infidelidad. Le digo: -“No seas paranoico”-. Me dice: -“Hasta los paranoicos tenemos enemigos”-. Va a hablar con un pai que le dice que ella le es infiel, que le había metido los cuernos. -“Fue como una puñalada por la espalda, me la metieron por donde no la veía"-. Ahí es donde le saca sangre, y se lleva la remera de esa ramera de mierda.
Recuerdo a mi amigo meado durmiendo en pedo abrazado a la remera ensangrentada y me pregunto acerca del amor. Me hubiera gustado ir a ver al pai y preguntarle de que le habló.
PAI
El pai no era otro que el padre. El padre es político dice Freud al hacer referencia al padre de la Horda. Ese es el padre que todo lo sabe, y que goza de todas las mujeres. El padre no cede nada de poder, no hay circulación de objetos donde un objeto tiene valor en tanto objeto de deseo del Otro. Ese padre es la encarnación de una especie de antipolítica. Si la política se relaciona con los lazos, el padre de la Horda que tiene todas las mujeres, impide la transmisión. Algo hay que hacer. O sacrificarse o sacrificarlo. El padre estalla en pedazos. Asesinado canibalísticamente, el padre queda forcluído como lugar, los hijos escribirán versiones de esa ex-sistencia, los pequeños padres arman el rompecabezas pero nos desorientan con su multiplicidad, con su ánimo fragmentario y pusilánime, con su deseo de confundirnos. ¿Cuál es la versión menos mentirosa de las tantas escuchadas? Las versiones suelen empezar con el cuento: “por el río Paraná, viene caminando un piojo con un hachazo en el ojo ...” Me acuerdo de Edipo. El hachazo se clava en el cuerpo (imaginario) de un individuo, y lo mortifica. Y nos preguntamos: ¿alguien podrá decir qué versión del padre está escribiendo? ¿A cuál está conformando? Se trata de la conformación del padre, la única posibilidad de transmisión entre generaciones que se entrelazan en un discurso en forma de mito, donde hay oráculos, encrucijadas, posiciones.
Ese padre absoluto queda convertido en un piojo, tres cartas de truco y un grito desesperado: FLOR. ¿Había que creerlo?
-“Lo quiero ver en mesa”-.
FLOR.
Flor de trabajo me salió, un estudiante a punto de recibirse, un recorrido que ya tiene historia, una manera especial de escuchar. Ya estaba cantado, el acto final se acercaba. Final de carrera. Había que poner la cara del que ha estudiado y sabe. ¿Cómo explicarle al futuro ex-paciente que era un engaño, que no había flor y que solo tenía 25 y no de mano?
FRAGMENTO DEL LIBRO "eN GUARDIA" (2000)
FINAL DE CARRERA O ¿QUÉ HAGO?
Los primeros años de trabajo de quien ha terminado una facultad no resultan fáciles. Y no es solamente por la cuestión del título profesional. Los primeros años de trabajo de cualquiera que ha terminado un estudio no son sencillos. Por muchas razones. Contar la experiencia de llegada a un campo laboral es apasionante.
Estos textos fueron escritos en el momento en que iban sucediendo los problemas, las sorpresas, las preguntas: los primeros pacientes, la llegada al hospital público, la llegada a un grupo de profesionales en formación. Textos que, solo al final, cuando estaba haciendo el duelo de esa etapa que se terminaba, decidí darles un armado de libro.
El contenido es la experiencia de los primeros años de llegada a un campo laboral y como, aquello que aprendimos (y somos) se estrella contra la llegada “en vivo y en directo” del trabajo en esta Argentina de hoy.
Es apasionante y conmocionante. Del final de carrera, a los primeros años de residencia en el campo de la salud mental. Vayamos al final de carrera. Este es el comienzo.
1-
De repente, empecé a vislumbrar que el tiempo universitario llegaba a su término. La meta del final de carrera, después de una larga travesía, se volvía presente. Desde finales de la década del 80, hasta mediados del 90, me convertí en un experto en cursar, promocionar y pasar a otra materia.
Pero la carrera no terminaba allí, también estaban las largas colas de inscripciones, las elecciones de materia y cátedra, las comisiones que nunca salían como estaban programadas, la presentación del docente y el programa, la bibliografía imposible de leer, el insuficiente tiempo para preparar los exámenes, la pelea con el texto, la espera de la nota, la insatisfacción por la cursada, con el docente, y algún chiste dirigido a una compañera de comisión que me miraba de reojo ante las estúpidas preguntas que realizaba para llamar su atención. Todo era parte de la llamada vida universitaria.
Sólo en el final de carrera me surgió una pregunta: ¿Qué hace un psicólogo en esta Argentina de hoy? En realidad, la pregunta fue un tanto más angustiante: ¿qué carajo hace un psicólogo en este final y comienzo de siglo en la Argentina? Esa fue la pregunta. Aún me lo sigo preguntando.
2-
Llegaba al final de carrera, y no había visto pacientes. Me puse el objetivo de, aunque sea, verlos; quería experimentar lo que se sentía cuando un individuo nos habla de su padecer esperando algo de nosotros. Estaba tan decidido que no me importaba de donde salieran esos pacientes, había que estar preparado, de cualquier lado podían aparecer, cualquiera podía serlo, llegado un punto no me importaba si mi paciente era mi novia, un amigo, mi padre; estaba atravesando un verdadero "furor curandis", tenía un desencadenamiento de "psicologicus rara avis".
No ayudó a mi estabilización un docente universitario que intentaba enseñar psicoanálisis cuando aseveraba que el psicoanálisis no se podía enseñar. ¿Qué había hecho todo este tiempo? Varias horas por semana me sentaba a estudiar textos varios, donde había que subrayar lo importante, recordar lo esencial, y desechar todo el resto. Adquisición rápida de conocimientos que me permitiría separarme de los profanos, de los que no saben lo que yo sé. Pero para esto, debía tragarme los textos que me ponían delante, debía leer la bibliografía obligatoria y sugerían en la bibliografía optativa. Ese saber se podía evaluar, cuantificar y hasta cualificar. Pero el saber de la clínica era diferente. No estaba ligado a su adquisición por medio del esfuerzo erudito y obsesivo de intentar ser un titulado universitario. El saber en psicoanálisis tenía características inéditas, se trataba de un saber no sabido, de un cuestionamiento a su posibilidad de adquisición. ¿Cómo aprender este saber?
Desencadenado en el “furor curandis” por un lado, y embarazado por la pregunta acerca del saber que contaba para enfrentarme a un paciente, iba hacia mi final de carrera. Quizás Usted no se sorprenda, pero un estudiante a punto de recibirse en una facultad pública a mediados de los años 90, se estaba volviendo loco por estas cuestiones.
3-
En cada época, diferentes autores, grupos e instituciones tiñen el campo de trabajo con un discurso que se supone desprende de articulaciones teórico-científicas. Esto genera coincidencias en las problemáticas a investigar pero también es motivo de luchas que tienen menos de analíticas que de políticas, fanatismos varios y prejuicios que dificultan aún una mínima posibilidad de diálogo. Cualquiera y más un estudiante, por el sólo hecho de haber atravesado una facultad está posicionado en el debate. Antes de haber nacido ya tenemos un nombre, y una época que nos espera. ¿Qué haremos con este nivel de determinaciones político-institucionales?
-“¿Nos detendremos en maldecir quién jugó su deseo en nuestro cuerpo?”-
-“¿Defenderemos nuestra filiación de quienes se acercan acusadores marcando nuestras determinaciones?”-
-“¿Haremos mención del relativismo de las posiciones teóricas, y acentuaremos la identidad común como trabajadores del campo de la salud mental?”-
-“¿Nos desprenderemos de las implicancias de la problemática definiéndonos como laburantes, simples jornaleros que además de tener algo de ganancias, deben presentar su declaración a la D.G.I. una vez por año?”-
Así, la transmisión de un saber imposible, el posicionamiento como profesional que dirige una cura y la filiación corporativa fueron tres temas que no me dejaban dormir. Y antes de decidirme a tomar algún hipnótico me puse a escribir. Esa costumbre... la de no dormir, la seguí teniendo aún después de recibido, así que seguí escribiendo mis primeros años de residencia. Un primer año, un segundo año, un tercero y un cuarto. Me detengo aquí, vuelvo a leer lo escrito y te lo doy para que le eches una ojeada. He aquí algunos textos que pueden servir a quienes ya están inmersos en el campo de la salud mental o a quienes en algún momento, quizás después de terminar la carrera de grado, se van a arrojar.
TEXTO DEL PRIMER LIBRO "¿DÓNDE FUERON A PARAR LAS ESCOBAS VOLADORAS DE LAS BRUJAS? (1998)
El encuentro con la bruja en la guardia
Hace algunos años trabajaba en un hospital público, trabajaba en la guardia externa, cuando una noche cae a la guardia una bruja. La reconocí como se reconocen las brujas, por su enorme lucidez, sus pelos blancos que le salían por cualquier lado, su descabellado estado y esa incitación a hablar y hacerme pensar.
La invité a visitarme al servicio de Salud Mental de ese hospital y no dejamos de hablar por espacio de varios meses acerca del destino. Ella me hablaba de su vida, me hablaba de lo que la madre le había hecho y como ella había cumplido lo que la madre la había marcado en carne viva en su espalda a cinchazos.
Les contaré algunas de las cuestiones que hablamos con aquella bruja. No le den mucha bola, se los recomiendo, porque una de las cuestiones que mejor hacen las brujas es engañarnos con palabras de saben a verdad. No le den mucha bola y no pensarán que ha sucedido un encuentro extraordinario, como ocurre cuando el aullido de las brujas a la noche anticipan que algo extraordinario va a suceder. Y de ahí salió mi primer libro llamado: “¿Dónde fueron a parar las escobas voladoras de las brujas?” (Editorial La Campana. 1998)
Una bruja es vieja, no hay brujas hermosas, son el límite, como dice Macbeth de lo femenino. Una bruja es reconocible por su fealdad, por lo arrugado, una bruja tiene una misión y es hablar del porvenir.
Una bruja tiene una relación muy especial con el diablo. El diablo es el que ha caído de la gracia de Dios como dice Alejandro Ariel. Entonces tenemos con la bruja la pregunta por el destino, pero también por el diablo y por dios.
La bruja me preguntó si creía que había un destino, me dejó patitieso. Si hubiera un solo destino hagamos lo que hagamos nuestro porvenir estaría escrito en una cuaderno inaccesible para nosotros, y sólo sabríamos de ellos cuando cayera a nuestro cuerpo y nos dejara padeciéndolo. Pero existe otros tipos de destino además del destino inexorable que nos cae encima.
Freud descubre un destino neurótico, el que maneja el sujeto del inconsciente, ese destino no estaría escrito en el mas allá sino que sería efecto de nuestras acciones presentes que se prolongan al futuro.
Pero también la bruja me habló de un destino por fuera de todo destino, se trata del azar que hace que caminemos para allá y no para el otro lado, sabiendo que estamos solos y desapegados de toda marca que nos diga que es lo que tenemos que hacer, y cómo hacerlo.
Eso lo que me dijo la bruja que había al menos tres tipos distintos de destinos
–Un destino como fatalidad
–Un destino como fatídico
–Un destino mas allá de todo destino
-1-
El surgimiento del psicoanálisis propone una hipótesis en su comienzo y es que ha habido una evolución de un destino a otro producto de las represiones ligadas a la historia de la civilización. Esta hipótesis no ha sido del todo trabajada en cuanto a la causa del psicoanálisis. Sostiene Freud hablando de Edipo que el destino de la fatalidad corresponde al a la Antigüedad en cambio el destino fatídico obsesionado con la posibilidad del engaño corresponde a la Modernidad.
Y se puede seguir esa “evolución” en otras cuestiones, como sostiene Ariel, ha habido una evolución de la risa a la sonrisa. “La sonrisa es ese tibio gesto social que privilegia l mirada grupal por sobre la condición de sujeto. También ha habido un cambio del coro que estaba dentro de la escena al espectador que solo con sus aplausos y con su silencio tiene un lugar en la escena” .
En este siglo el lugar del espectador ha cobrado un lugar preponderante. Con su lejanía particular y su forma de juzgar sabiendo lo que está bien y lo que está mal. Siempre un poco lejano, un poco fóbico, termina por decir que hay que hacer con su aprobación. El lugar del espectador cobra tanta importancia que comentarlo brevemente lo desmerecería.
Ya no es el coro: “Su voz se ve reducida su voz al aplauso y sus quietudes monocordes. El aplauso se convertirá en ese asesino del misterio” .
La modernidad deja al hombre enajenado de la posibilidad de la pregunta acerca del destino y de la pregunta por las huellas del mundo que deja en el mundo. Se pasa del conflicto producto del destino al conflicto de cada una de las personas con quienes lo observan y lo juzgan que no es más que él mismo ubicado en el lugar del espectador que Freud ha llamado superyó.
Le digo a la bruja caída a la guardia hospitalaria que adivinar el futuro es el intento de evitar la muerte. Y que también es una manera de no animarse a cambiar el aspecto. No sé bien porqué pero ocurre algo con esta intervención, la vez siguiente que nos vemos cambia su aspecto, viene distinta, parece hablar menos y escuchar más. Hay algo que espera encontrar en las sesiones que seguiremos teniendo.
* Es autor de diferentes libros: “¿Dónde fueron a parar las escobas voladoras de las brujas?”, “En Guardia”, entre otros.
msmud@uol.com.ar
www.martinsmud.com.ar
Texto publicado en Imago agenda.
El pago de los recien recibidos
El otro día en una de los tantos seminarios-taller que organizo para pensar las particularidades de la inserción laboral y profesional de los recién recibidos en psicología me hicieron esa difícil pregunta: ¿Qué te parece eso del trabajo ad honorem para los psicólogos que recién se reciben?
No sabía bien qué y cómo responder porque era una pregunta difícil y traicionera. Mi opinión frente a lo “ad honorem” ha cambiado según el paso del tiempo. Era evidente que trabajar sin recibir dinero a cambio, constituye un retroceso en las conquistas del hombre de, al menos, cien años pero esta declaración de fundamentos puede ser pueril al momento de analizar lo complejo del estado situacional actual.
Queriendo poner en ridículo la frase “ad honorem” hace diez años rastreé su explicación histórica y etimológica. “Ad honorem” significa según el diccionario etimológico “por el honor” y venía contextualizado en una historia, en una vieja y enterrada costumbre romana para quienes el trabajo ad honorem era una virtud necesaria con la que se pagaba a quienes llegaban a ciertos lugares de distinción en la polis, en la comunidad. Se pagaba “ad honorem”, se cobraba con el honor de estar en semejante lugar. Era una costumbre romana de los legisladores que trabajaban “ad honorem”, por el honor de estar ocupando ese lugar.
La práctica “ad honorem” no está tan instituida en ninguna otra profesión como en psicología y profesiones afines. La práctica de trabajo ad honorem no es “privilegio” de los psicólogos pero en ninguna otra especialidad está tan extendida y tiene como consecuencia, nada más y nada menos, que una gran proporción de la atención pública esté sostenida ad honorem y por recientemente recibidos.
No sé si la mejor manera de decirlo sea con la palabra “gran proporción” pero no imagino otra palabra en reemplazo. Una gran parte de la salud pública en psicología se sostiene con concurrentes, pasantes, visitantes, colaboradores que concurren a las tareas hospitalarias sin recibir pago o simplemente recibiendo viáticos.
Esto es hablar del sistema de salud pero también de las terribles ansias y deseos de los recientemente recibidos por comenzar a trabajar. Por comenzar a trabajar de lo que hemos estudiado, somos capaces de “cagarnos” en toda la historia del derecho laboral. El deseo paga una cuota insólita a la historia. Un recientemente recibido quiere trabajar y sabe que el trabajo pago es una de las perspectivas posibles pero que no se le abre con mucha frecuencia.
Sabe que el pasaje a una práctica profesional paga no está asegurada sino después de una gran odisea. Quién se recibe vislumbra este dilema, entonces el recibimiento requiere una preparación, una afinación subjetiva y una especial atención a “la salud mental del trabajador de la salud mental”.
Hay que estar advertidos, para no pagar tan cara esa difícil relación laboral. Para que nuestro cuerpo no se llene de síntomas o por lo menos que esos síntomas hablen de lo que estamos viviendo y queremos transformar.
Puede llamar la atención en cuanto a despiste que un recién recibido no se dé cuenta dónde está parado pero la desolación de encontrarse frente a algo tan rústico como la realidad en general demuele lo que habíamos tan sofisticadamente aprendido en la facultad. Los recién recibidos salen de la facultad sin haber pensado muchas cuestiones acerca del trabajo al que acceden.
En 1994 quería ridiculizar la historia etimológica de “pago por el honor”, en el 2004 decía que el trabajo “ad honorem” tenía más honor que el trabajo donde el psicólogo recientemente recibido paga por comenzar a trabajar. La lectura del “ad honorem” ha cambiado porque la realidad ha cambiado. Hoy “los elegidos” comienzan su inserción de manera gratuita pues otra gran cantidad ha comenzado a pagar para su inserción. Desde hace varios años el examen de residencia legitima no solamente a los residentes que cobrarán un sueldo sino también a los concurrentes que trabajarán “ad honorem” en los distintos hospitales públicos. Si a la residencia entran el 6% de los examinados, a la concurrencia entran el 30%, quedan por fuera de ese sistema de formación al menos el 64% de los que dan el examen de residencia. Y ¿qué hace ese porcentaje?
La realidad profesional de psicólogos/analistas con muchos años de recibidos es compleja en el punto de su cuestión con el dinero, parte de su trabajo les es pagado, por otra parte de su trabajo no reciben pago alguno y otra parte importante de su trabajo resulta del pagar como supervisiones, cursos, maestrías, etc.
El tema central es qué se cobra, qué se hace “ad honorem” y que se paga. La confusión puede llevar a las peores depravaciones sociales y personales. Un psicólogo puede llegar a pagar para tener un paciente, a un paciente le puede resultar “ad honorem” realizar un tratamiento. Pero más allá de estas posibles combinaciones, es regla cobrar, laburar gratis, y tener que pagar en esta profesión que se inicia cuando se termina la carrera de grado.
Y hay preguntas que hay que hacérselas y ser honestos en sus respuestas:
¿Por qué estamos laburando gratis?
¿Qué sentido tiene y hasta cuando pagar para tener las primeras experiencias laborales y formación profesional?
¿Cuánto es el valor de nuestro trabajo ligado al costo de vida y a las ofertas laborales?
Hablar de lo ad honorem es hablar de todo esto, y por supuesto es conocer cómo llegan los pacientes, cómo se organizan los profesionales para su atención y cómo son las condiciones políticas actuales
Fragmento del libro TIEMPO DE ATENCIÓN, EDIT. lETRA VIVA,EPISTEME, 2007
El primer consultorio
Por Martín H. Smud
Una cuestión muy importante que se presenta al recién recibido es dónde, cuándo y cómo “poner” el primer consultorio. El consultorio es un tema fundamental y se plantea en forma cruda a los recién recibidos. En el libro En guardia. Crónica de una residencia en salud mental (Letra Viva, 2000) relaté la caída a la neurosis obsesiva del “novel analista” cuando quiere comprar su primer diván. Hay tantos modelos que… ¿cuál elegir? La elección del diván es la compra de un objeto con “cualidades agálmicas”. Esta “compra” está en relación con una cuestión trascendente como es el hallazgo del primer consultorio.
Los primeros consultorios son una novela y, como todo género literario, tienen variadas formas. Para los recién recibidos, existen dos formas tradicionales: el diseño y armado de consultorio en una habitación familiar o el alquiler de un consultorio. Con ambas decisiones pasan cosas extrañísimas.
Yo he atravesado, como recién recibido, por ambas opciones. En el libro Era ella (Letra Viva, 2007) se describe las alternativas de la vida amorosa de un psicólogo y su pareja, que viven juntos en un departamento donde en una de las habitaciones funciona el consultorio. Lo personal y lo profesional, por más que el psicólogo hubiera querido mantenerlos separados, por momentos, se confunden. ¡Y cómo!
La otra opción es el alquiler de un consultorio. Los recién recibidos tienen, con este asunto, un primer vía crucis si son católicos o un primer destierro por el desierto si son judíos (y no sé cómo metaforizarlo para los que son testigos de Jehová o evangélicos...)
Alquilé mi primer consultorio después de leer un aviso en una revista psi. Me interesaba la zona, era un consultorio ya armado para la atención médica (no psicológica), tenía una camilla y un escritorio gigante que no dejaban lugar más que para el médico y el paciente. Comencé a derivar pacientes para ahí; lo alquilaba una mujer que hacía de secretaria del médico. Nunca supe si era su mujer pero sí supe que era insoportable. Se ponía a hablar con todos mis pacientes. De repente éramos: los problemas de mis pacientes, el analista tratando de escuchar tras el escritorio y mi secretaria devenida consejera todo terreno. Era una sanguijuela, y gran parte de la sesión debía ayudar a los pacientes a sacársela de encima. Sospeché rápidamente que, hiciera lo que hiciera dentro del consultorio, esa mujer iba a terminar echándolos a todos. A las pocas semanas me cambié de consultorio. El segundo consultorio era mucho mejor pero ahora el problema era con el vecino de abajo. Yo trabajaba con chicos y al señor que vivía en el piso de abajo, le resultaban insoportables los ruidos del consultorio; ya había gritado en la reunión de consorcio y pronto iba a mandar atemorizantes carta-documentos. Asustado, les hacía sacar las zapatillas a los pacientes niños y les prohibía saltar de la cama al piso. ¡Era difícil seguir atendiendo en esas condiciones!
Y, entonces, el tercer consultorio… La historia sigue y sigue, hasta que, después de muchos años, tengo mi lugar donde ni el de arriba ni el de abajo me molestan. Solamente, de vez en cuando, algún chorrito del barrio intenta robarle, con dispar éxito el equipo de música del auto a algún paciente.
Lic. Melina: Lo que hice yo fue poner el consultorio en casa de un abuelo, cerca de mi casa. Parecería la resolución diametralmente opuesta a la que contás… Sin embargo, terminó en lo mismo: yéndome a buscar otro lugar.
Resulta, en primera instancia, muy tranquilizador poner el consultorio en un lugar propio, pero hay que tener mucho cuidado. Agenciarse una de las piezas de la vida familiar y convertirla en consultorio es algo tan osado como intentar salvar a la princesa que duerme bajo la vigilancia de un poderoso dragón. Les contaré algunas de esas historias.
1. Una psicóloga que trabaja y vive sola, acondiciona su living para que cumpla las dos funciones: como living de una mujer sola y consultorio de una psicóloga segura de su deseo. Lo hace increíblemente bien, siempre está limpio; saca una mesita ratona y el lugar queda, de pronto, bien acondicionado. Un día, mientras atiende a un adolescente al que lo envían sus padres porque está comenzando a fumar porros, percibe con angustia que, sobre los estantes de su biblioteca, ha dejado olvidada una tuca. El paciente, ya lo ha visto, ya es otro. Se ha metido en la intimidad del analista.
2. Un analista duerme plácidamente una insólita y rejuvenecedora siesta. Tocan el timbre, se despierta en medio de un sueño y percibe, de una manera kafkiana, que se ha convertido en un niño de nueve años. Comprende, con ese pavor infantil, que quien toca el timbre es una paciente que tiene horario en ese momento y que espera ser atendida por su analista y no por un chico ni siquiera llegado a la adolescencia.
Son muchas las historias que se me ocurren. La confusión entre un espacio familiar y un espacio profesional lleva a las situaciones más disparatadas pero también propiciadoras.
3. Un analista atendía a una paciente fóbica. En medio de la sesión, su querido gato Pepe sube por la celosía, araña el ventiluz de la puerta y se arroja hacia el entrepiso del consultorio. Luego baja para ser acariciado por la hazaña que ha realizado. La paciente, justamente fóbica a los gatos, le pide con angustia, con esa cara que nunca había puesto, que saque al gato de ahí. El analista arma el caso de manera nueva, interpreta de un modo punzante y terminan, luego de expulsar a Pepe, hablando como nunca de la relación con el padre.
Los consultorios en lugares familiares tienen ventajas y desventajas. Las primeras son la comodidad y el lugar propio, las segundas están relacionadas con la confusión entre el trabajo y la intimidad.
Si alquilan un consultorio, también hay ventajas y desventajas. La ventaja es que se abre y se cierra como un negocio, separándose de nuestra vida, pero la dificultad es que hay que apropiárselo: un consultorio debería ser tuyo (el tiempo estipulado) aunque sea alquilado.
(Fragmento del libro TIEMPO DE ATENCION (lETRA VIVA/EPISTEME (2007)
TOLERANCIA A LA FRUSTRACIÓN
Lorena: Dijiste que ibas a hablar de tolerancia a la frustración.
Asco, asco, asco me daba este concepto mientras estaba en la facultad. Lo recuerdo. Me parecía un concepto absolutamente psicológico, un concepto pueril. Estaba buscando el cielo; no una palabra tan terrenal, tan prosaica y realista. Cuando me recibí, deseaba cambiar el destino de una persona, no que me dijeran que se trataba solamente de resistir la frustración de la vida. Yo quería otra cosa. Quería mirar a Dios a los ojos, no que me dijeran que se trataba de bancar 70 u 80 años de vida para morir lo mejor posible. No quería que me dijeran esas palabras: “tolerancia a la frustración”.
Pero después de que me recibí, poco a poco y padeciéndolo, me di cuenta de que era un concepto princeps, que quiere decir, un concepto importante, principal, siempre y cuando sepas a qué te estás refiriendo y cuánto podés apretarlo. Si aprietan demasiado este concepto, pueden salir mogólicos.
No me van a decir que lo único que tiene que hacer un psicólogo es tolerar la frustración de su trabajo… Otra vez me deprimo, aquí y ahora. ¡Miren si el docente se deprime y se va! ¡Miren si el psicólogo está mal y abandona su consultorio!
El princeps... TOLERANCIA A LA FRUSTRACIÓN. ¿Qué les parece que es?
Noelia: Hacerse cargo…
Es otra palabra que me da asco. Ni siquiera es una palabra, sino una frase verbal. Mi asco habla de mi cuestión personal. No dudo de que estas expresiones puedan ser usadas en situaciones muy importantes. Pero, a mí, me dan asco. Quizás, si vienen a este seminario dentro de cuatro años, puedan escuchar que de mi boca salen las palabras: “…hacerse cargo de ser un recién recibido”. Pero hoy no. Aún me da asco.
Hacerse cargo es una construcción verbal. Posee tanta connotación como una frase. Lo bueno que tiene es que te invita a pensar: ¿de qué me tengo que hacer cargo? ¿Y por qué me tengo que hacer cargo? ¿Por qué “cargo” es la palabra? Una frase verbal que me invita a pelear: hacerse cargo, yo me tengo que hacer cargo. ¿De qué carajo me tengo que hacer cargo?
Pero ¿qué significa esto de tolerancia a la frustración? ¿Qué significa?
Noelia: Antes de que me interrumpieras, iba a decir: hacerse cargo de la frustración es una manera de seguir adelante.
Eso es, en primer lugar, resignación y, luego, optimismo programático.
Yo estoy hablando de frustración.
Cuando decís “hacerse cargo de la frustración y seguir adelante”, estás viendo más allá de la frustración. Pero yo digo “¡frustración!” en primer lugar. ¡No saben la cantidad de veces que se siente la frustración! Llego a las dos de la tarde al consultorio cagando aceite y el paciente me dice que hoy no viene… porque no se le cantó el ombligo. Está bien, lo superaré, no me hago el harakiri pero ése es un momento de frustración. Cuando uno se lo pasó estudiando y no consigue una buena inserción profesional, eso es frustración. No me van a decir que después te casás, sos feliz, tenés hijos, que tarde o temprano aparece otra cosa. Hay algo ligado, primero y ante todo, a la frustración. Y la frustración no es más allá de la frustración. No hay nada más feo: ¿para qué carajo estudié? ¿Para qué carajo estoy acá? ¿Para qué soy esto: para esto?
Eso es la frustración. Entonces, tolerancia a eso. Y no estoy hablando de pasar la frustración, de ir más allá de su presencia.
Noelia: Pero en algún punto se pasa la frustración y eso es una manera de bancar la frustración, una manera de superarla.
No sé. Yo soy muy optimista y eso no lo sé. Sé que hay otras cuestiones además de la frustración. Pero no sé si es una posición superable. Una frustración amorosa ¿se supera?
Lorena: Con otra.
Con otra, puede ser, en cierta medida. Pero hay frustraciones amorosas que no se superan. Yo estoy todavía absolutamente compungido por una frustración amorosa que tuve hace 20 años. Está bien. Ahora soy feliz. Pero la frustración es insuperable.
¿Qué mayor marca, qué marca más indeleble que una frustración? Hay gente que se dedica a ser frustrada porque no hay mayor marca que la frustración. Cuando uno habla, ¿de qué habla? ¿De lo que le salió bien o de lo que se frustró?
Si hay una manera de bancarse la frustración es hacer algo con la frustración, que es dejar marca. ¿Pero cómo? Eso es ser artista. Y ustedes podrán decir: ¿además de psicólogos, tenemos que ser artistas?
Lorena: Te quería preguntar acerca de cómo incide la autoestima en el recién recibido.
“Autoestima” es otra palabra que me daba asco.
Lorena: No hablo más.
No, hablá, hablá, que a mí me viene bárbaro. Tu ayuda es inestimable. Se dan cuenta de que, en este punto, estamos hablando de las diferentes dependencias en el trabajo: de las condiciones laborales, de las derivaciones, de nuestra hipocondría y, ahora, estamos hablando de la gran dependencia: la dependencia de las palabras. Somos grandes esclavos de las palabras.
La autoayuda. Es otra palabra que, junto con la tolerancia a la frustración me daba asco. Ahora, es una palabra que me parece que hay que pensarla y que debe tener sus cuestiones interesantes. Es un concepto que te repiten los pacientes: “Debo tener la autoestima baja…”
Y yo digo “auto-estima”. “Auto” viene de otra cosa reflexiva. Se dan cuenta de que yo soy un antirreflexólogo. Yo creo en exponer a otro lo que uno es porque la resonancia de lo que el otro devuelve, me remite a algo de mí. Creo un objeto, construyo un objeto o veo qué del objeto me refleja y eso me remite a mí. No soy reflexólogo, en el sentido de volver autoconsciente lo que me pasa, hacerme cargo de mí mismo y calibrar mi nivel de autoestima. ¡Puaj!
Julián: Quizás lo que te pasaba era que no estabas de acuerdo con el concepto de “tolerancia a la frustración” por la palabra “tolerancia”. Tolerar no es uno de los temas más sencillos.
Es cierto. Tolerancia. Es una bonita palabra pero ¿cómo toleran ustedes la frustración? ¿Hasta dónde la toleran? Porque si la toleran mucho, también es un problema: a veces, hay que putear.
Queridos amigos, me gustaría que leyeran el texto "Tiempo de atención". Es un libro que tiene tres capítulos:
1- la cuetión personal
2- Los lugares de atención
3- Las estrategias de inserción profesional
Aquí es donde le doyu importancia al tema de la cuestión personal, y una cuestión importante que es la pregunta que constituye la entrada al ser un recien recibido: Que voy a hacer ahora cuando me reciba?
Les dejo el link para que puedan ver el libro en internet.
http://www.martinsmud.com.ar/uploads/books/Tiempo_de_atencion.pdf
Hola, todavía nos los conozco pero me pareció ésta una manera de ir conociendonos previo a nuestro encuentro del sábado 6 de octubre.
Aquí subiré textos y la idea es que podamos intercambiar ideas y experiencias.
El tiempo del recién recibido es un tema que me importa y mucho, creo que para quienes están en este tiempo o para quienes se le acerca resulta un tiempo fundamental. Desde hace más de quince años que doy cursos y seminarios sobre este tema, y he escrito dos libros sobre la temática: "En guardia. Crónica de una residencia en salud mental" (Letra Viva, 2000) y "Tiempo de atención. Que hacer después de recibirse en el campo de la salud mental (Letra Viva/ Episteme, 2007) Pero más allá de lo realizado siempre me interesa lo que aún no he investigado, a quienes aún no conozco, aquello que siempre es novedoso para alquien que comienza esta apasionante incursión en el campo de trabajo del licenciado en psicología.
Bienvendinos a todos y espero que nuestro encuentro nos sea fructífero.
Martin SMud
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